YO FUI UN PPKUY

El confeso ex PPKausa, Oscar del Valle, realiza un análisis desde su experiencia personal sobre el fenómeno “PPK” para la revista Ideele. Afirma que no votó por el candidato en primera vuelta, pero que llegó a ser un ávido entusiasta de la candidatura de Kuczynski, a quien defendió frente a toda critica.

Del Valle narra desde su primer encuentro con el PPKuy, hasta los sucesos que lo obligaron a colgar sus pulseras y realizar su desligue final del movimiento.

A continuación, su experiencia:

– Aunque no voté por PPK en primera vuelta, el llamativo mundo PPK me pareció un fenómeno interesante de examinar. Este artículo, escrito a modo de sátira, pretende recoger las experiencias, comentarios y frustraciones de varios amigos que con mucho entusiasmo siguieron a PPK durante la campaña electoral y que por diferentes razones terminaron el recorrido con el mismo sinsabor que siempre les dejó la política. No es más que un calco irreverente y burlesco de la realidad.

El cuy es un roedor de la familia Caviidae originario de la Cordillera de los Andes, aunque también se le conoce como Conejillo de Indias. Creo que es esta última definición la que ayuda a entender mejor el síndrome PPKuy. ¿What?

Se llama “conejillo de indias” a las personas que son utilizadas como medio para perseguir un determinado fin. ¿Más claro ahora? Después de muchas idas y vueltas, de argumentos desgastados, casi entronizados, y de varias discusiones entre sordos, me doy cuenta de que PPK lo tenía muy claro; quizá no al inicio, pero luego de cada paso que daba, el público se lo duplicaba y así empezaba a recibir un fulminante apoyo que supo explotar hasta la saciedad, hasta roer el hueso del cuy.

Claro que no me refiero al apoyo de sus amigotes empresarios: ellos siempre estuvieron coreando el “sube sube” con entonación constante y sonante. Tampoco me refiero a la prensa, que se encargó de ponerlo en escena cuando ni daba la talla con un 5% frente al 26% de Toledo. Me refiero a los mejores agitadores en una campaña, a los groupies, cuasi fans derockstar, algunos incautos estudiantes preuniversitarios y harto cachimbo que habita en Las Tías, Elos, Shandy’s y otros bares universitarios a cualquier hora del día. Ahora, distanciado de la campaña, veo las cosas con claridad y creo que eso fuimos, conejillos de Indias, un simple medio para llegar al poder y no un fin por el cual mostrar compromiso y respeto debidos.

Pero no siempre fui tan crítico. Yo confieso que tiempo atrás fui un PPKuy. Fue en una conocida discoteca de Larcomar donde tuve mi primer contacto con el movimiento PPKuy. Celebraba el santo de un amigo entre el bullicio y el retumbar de la música, cuando un muñeco lanudo y dientón llamó mi atención. “Ah, es el Cuy del BCP”, recuerdo haber pensado. El mismo que merodeaba en las fiestas en Asia, donde el roedor salía a menear las caderas en la llamada “hora loca”. Pero esta vez me percaté de que vestía un polo fucsia y repartía pulseritas. “¡Es el PPKuy! ¿Yo quiero unaaa!”, gritaba una chica a mi lado. Mi curiosidad me llevó a acercarme al reparto de pulseras, y sin meditarlo mucho ya estaba engrilletado con una de ellas.

Desperté al día siguiente, y por alguna razón que en ese momento desconocía, mis padres me miraron con buenos ojos, a pesar de los visibles estragos que la juerga había dejado en mi cuerpo. Ya nada importaba; tener la pulserita era como gozar de inmunidad. A partir de ese día empecé a interesarme por PPK. Comencé en el Facebook con un grupo de amigos que colgaban videos —curiosamente, todos estudiaban carreras de números—. Yo también decidí comentarlos y compartirlos. Veía en PPK a un viejito decidido, con mucha habilidad para conectar con una juventud ávida de conocimiento, de voz, en la búsqueda de un cambio, del retorno de la decencia a la política. Sí, eso fue lo que vi, ignorando una fuerte miopía, agravada por la burbuja del mundoppkausa en la que viví inmerso en tiempos de campaña. Por supuesto, me uní a varios grupos como “PPK Presidente”, “PPKuy Página Oficial” y “PPK no es un voto perdido”. Consumía PPK todo el día: sus videos, sus discursos, sus presentaciones y souvenirs.

“Es un banquero de Wall Street”, “Es un gran técnico”, “No nos va a robar porque es millonario”, “Se parece mucho a mi tío”. Todas esas cosas pasaban por mi cabeza y no podía creer en qué pensaba el resto del país que no votaba por él. Cuando escuchaba críticas por su nacionalidad, lo defendía: “¡Ya está en trámite!”; cuando me sacaban el robo al BCR para favorecer a la International Petroleum Company, me ponía saltón: “¡Guerra sucia!”; cuando me decían que no representaba al Perú, respondía: “¡Sube sube PPK!”. Todo me parecía muy absurdo.

Ahora que lo pienso, fue un fenómeno bien extraño. PPK representó una especie de modelo de éxito; como diría Jorge Bruce, un “modelo aspiracional”. Era economista, un profesional con títulos académicos importantes, con una trayectoria de cargos de alto nivel, adinerado y blanco. Sí, las fibras del racismo también se movieron y muchos apostamos por él no solo por su trayectoria personal sino también por su aspecto físico. Siempre pensamos que las primeras impresiones importan, y él nos dio a muchos esa primera impresión, y la lección que rescaté surge de otro adagio popular: “Las apariencias engañan”. Aprendí que los prejuicios son un arma de doble filo.

Volviendo a la campaña, fue muy divertido acompañar en esta onda eufórica a las manadas de PPKuyes —¿existe un sustantivo colectivo para los cuyes?— intentando acercarse para tocar a su líder. Había sido una larga batalla, por decir lo más, pues dura podría considerarse una con los medios, el empresariado y el poder en contra. Finalmente, PPK lo logró a punta de cojones. Y eso es cierto: para muchos, el toqueteo de entrepierna fue el punto de inflexión en su campaña. Empezó un poco tarde el ascenso porque ya no faltaba mucho para las elecciones de primera vuelta, pero con esta amañada táctica —que, luego se descubrió, fue astutamente contratada— PPK se convertía en un sex symbol, algo que pasados los setenta resulta ser bien pretencioso salvo que seas Hugh Hefner. La cuestión es que se disparó hacia arriba y ya todos coreábamos el “Sube sube PPK” con mucho más entusiasmo.

“¡Pero en segunda vuelta no le gana a Humala!”, nos decían los toledistas desesperados también (a santo de qué, no sabía). Los PPKuyes respondíamos: “Humala nunca va a ser presidente, hay que ser huevón para no darse cuenta”. El pez por la boca muere. A escasos días del 10 de abril, la incertidumbre nos embargaba a todos; era como la sensación de unmatch point para ganar el campeonato de vóley peruano. Toledo le había propuesto a PPK salvar al país a través de un pacto que este último se negó a aceptar porque lo consideró una maniobra para hacer a un lado a su partido. En ese momento una alianza me pareció lo más sensato, pero también me quedaba bastante claro que PPK no aceptaría ser, por segunda vez, un subordinado de Toledo. Ocurrió lo que tenía que ocurrir en un país donde los partidos están fragmentados, en un país donde todo puede pasar: Keiko Fujimori y Ollanta Humala pasaron a la segunda vuelta. El mundo se me vino abajo, agarré mi Blackberry y empecé a chatear con todos mis amigos PPKuyes. Todos estaban desconcertados. Mis tías, que se habían puesto la camiseta desde un inicio con donaciones, y mis primas, con el volanteo en la tranquera de Casuarinas, estaban devastadas. Tanta energía y dinero gastados —aunque nunca equiparable al gasto en tinta negra del diario Correo cada vez que Aldito se asusta.

Pasado el bache, que nos hizo saltar a todos y meternos un porrazo, PPK salió a hablar — aguanta, ¿no que ha perdido?— de la democracia, de los valores, de la vigilancia, y sacó un papelito anunciando los puntos por la democracia. Al principio eran seis, pero creo que llegaron a ocho; ya ni sé: todo el mundo quería agregar sus puntos. Todos los PPKuyes querían imponer su plan de gobierno. Por otro lado estaban los PPKuyes más necios, los que querían que se haga un referéndum para volver a votar en una suerte de “segunda primera vuelta”. Otros querían que el referéndum sirviera para hacer una segunda vuelta, pero solo entre Humala, Keiko y PPK, es decir, con un colado. La facción radical PPKuy, un extremo del cual me mantuve lejos, llegó a publicar un mapa de la casa de Humala para amedrentarlo. Era el golpe de Estado civil en marcha.

Si hubiera que responder en un examen de opción múltiple, nos quedaría marcar “ninguna de las anteriores”. Nada de eso se podía hacer, y esta vez papito no podría arreglarlo. Entre tantas cosas, PPK dijo que su compromiso era desinteresado, que no pretendía ponerse ni del lado de Keiko ni del lado de Humala, menos aun aceptaría un cargo público. Finalmente, con autoestima de predestinado, prometió velar por la democracia en el Perú.

Todos sabemos bien cómo termina esta historia. Con PPK trepado en el estrado fujimorista, no negando la posibilidad de trabajar con Keiko en el futuro y gritando arengas recordativas hacia el patriarca del partido naranja, preso en la DIROES. Ah, ¿y qué hay de la renuncia a su nacionalidad norteamericana? Su respuesta fue categórica, aunque también reveladora: “¡Dejen de ser tan idiotas!”.

Y es precisamente lo que hice y la razón por la que me animé a contarles mi historia. Por supuesto, dejé de ser un PPKuy, colgué mi camiseta PPKuy y me quité la pulserita PPKuy, que ya había perdido sus súper poderes. Lo único que no he dejado de hacer es parar con las chicas PPKuys: no se imaginan lo guapas que son. ¡Ni idiota!-

jimena rojas: Antropóloga y redactora de LAMULA.PE

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